Los componentes de la cavidad oral —dientes, hueso y tejido blando (encía)— conviven en equilibrio cuando están sanos. Si uno de estos componentes se altera, se produce un desequilibrio y comienza la enfermedad. Es importante identificar el problema e intentar subsanarlo con tratamiento lo antes posible.
La última opción
Una extracción dental es un tratamiento que realizamos cuando no hay opciones de salvar el diente, ya sea por una infección por caries, por afectación en la raíz, por una fractura, por un quiste… Son muchos los motivos que diariamente nos llevan a tener que plantear a nuestros pacientes que su diente ya no es viable y que hay que quitarlo. Es una decisión en muchas ocasiones traumática, ya que el paciente pierde función y estética.
Cuando hacemos una extracción, el equilibrio de la boca se altera: se pierde parte del hueso y la encía que sostenían al diente, y las piezas contiguas comienzan a moverse. Existe un movimiento natural de los dientes, que se van situando hacia el hueco que dejó la pieza perdida.
Diariamente vemos en la consulta a pacientes a los que se les realizaron extracciones dentales hace años y que han sufrido esa migración de los dientes adyacentes. Por ejemplo, es muy frecuente, al perder molares inferiores, que los contiguos se “tumben”, en un intento natural de buscar contacto entre sí. Esta posición alterada provoca pérdidas prematuras debido a que:
— Se modifica la forma de la mordida y los dientes empiezan a soportar fuerzas anómalas durante la masticación.
— La pérdida de hueso y encía se produce en dos momentos: inmediatamente después de extraer la pieza, y entre los seis y doce meses posteriores, aproximadamente. En un primer momento, el hueso y la encía perdidos se recuperan parcialmente como resultado del trauma de la extracción y la inflamación de los tejidos.
El tiempo sí cuenta
Con el paso de los meses, el hueso que antes sostenía al diente pierde su función y empieza a desaparecer. Sobre este hueso es sobre el que colocamos implantes dentales, por lo que cuanto más se tarde en reponer, menos hueso tendremos y más compleja será la intervención. Lo mismo ocurre con la encía, un tejido que acompaña al hueso, por lo que ambos se pierden simultáneamente.
La falta de hueso para reponer dientes mediante implantes es una situación frecuente, con la que trabajamos a diario los profesionales odontológicos. Las técnicas de regeneración ósea, junto con la planificación mediante cirugía guiada, han permitido mejorar los tratamientos incluso en casos de grandes atrofias.
Si bien es cierto que este problema tiene un manejo más sencillo hoy en día, la pérdida de tejido blando sigue siendo un reto. Muchos pacientes refieren que, tras colocarse implantes años después de haber perdido sus dientes, perciben incomodidades como la retención de restos de alimentos bajo las coronas, la inflamación frecuente de la encía o molestias al masticar. Estas situaciones suelen estar relacionadas con la ausencia total o parcial de tejido gingival sano.
Muchas veces podemos dar solución a estas incomodidades tratando de recuperar el tejido blando, es decir, la encía. Resulta fundamental devolver el equilibrio a la boca tras una extracción dental, no solo por motivos estéticos o funcionales inmediatos, sino porque el diente que repongamos será más parecido al diente natural si conservamos todos los tejidos.
Cuando se hace una extracción, todo el equilibrio de la cavidad oral se ve alterado, ya que se pierde parte del hueso y de la encía que sostenía ese diente y las piezas contiguas comienzan a moverse.